La ecolocalización no es una capacidad exclusiva de murciélagos y delfines. Los humanos también pueden aprender a reconocer espacios y objetos escuchando sus ecos.
Un entrenamiento de solo 10 semanas permitió que personas ciegas y videntes desarrollaran esta habilidad, incluso cuando jamás habían utilizado chasquidos para orientarse.
Al examinar sus cerebros, los investigadores descubrieron cambios funcionales y estructurales en regiones relacionadas normalmente con la visión y el procesamiento de sonidos.
Un entrenamiento para interpretar los ecos
El programa reunió a 12 personas ciegas y 14 videntes, con edades entre 21 y 79 años, sin experiencia previa en ecolocalización.
Durante 20 sesiones, los participantes aprendieron a producir chasquidos con la boca y escuchar las pequeñas diferencias generadas cuando el sonido rebotaba en objetos.
Los ejercicios incluían reconocer el tamaño y la orientación de superficies, recorrer laberintos virtuales y desplazarse por espacios reales utilizando principalmente información acústica.
Conforme avanzaban las sesiones, ambos grupos identificaban mejor los objetos y podían detectarlos desde mayores distancias, mostrando una mejora progresiva en distintas tareas.
Al finalizar, algunos participantes alcanzaron resultados comparables con ecolocalizadores experimentados. Ni la edad ni la ceguera impidieron aprender o aplicar la habilidad en situaciones nuevas.
El cerebro comenzó a procesar ecos
Para observar qué sucedía dentro del cerebro, los científicos realizaron resonancias magnéticas antes y después del entrenamiento de las mismas personas ciegas y videntes.
Tras las 10 semanas, la corteza visual primaria, conocida como V1, aumentó su actividad específicamente cuando los participantes escuchaban sonidos que contenían ecos.
Este cambio apareció en ambos grupos. La pérdida prolongada de visión, por tanto, no fue indispensable para que una región visual respondiera a información acústica.
La corteza auditiva primaria también aumentó su respuesta frente a los sonidos. Además, aparecieron incrementos de materia gris en regiones auditivas, aunque con diferencias entre grupos.
Los investigadores consideran que V1 podría participar en cálculos espaciales, utilizando la información contenida en los ecos para representar distancias, posiciones y características del entorno.
Beneficios que continuaron fuera del laboratorio
Tres meses después, las 12 personas ciegas afirmaron que la ecolocalización había mejorado su movilidad cotidiana, especialmente al localizar puertas, obstáculos, entradas y espacios abiertos.
Diez participantes también reportaron mayor independencia y bienestar. Algunos comenzaron a desplazarse solos por lugares donde anteriormente dependían de familiares u otras personas.
Estos beneficios se sumaron al uso del bastón o perro guía. La ecolocalización funcionó como una fuente adicional de información sobre aquello que los rodeaba.
La investigación reunió pocos participantes y los beneficios cotidianos fueron comunicados mediante encuestas. Aun así, los resultados conductuales y cerebrales siguieron una dirección consistente.
En apenas 10 semanas, el entrenamiento mejoró una habilidad sensorial, modificó la respuesta cerebral y mostró cuánto puede adaptarse el cerebro humano durante la adultez.




