Los osos dominan los bosques y los pumas cazan silenciosamente, pero ambos modifican radicalmente su comportamiento cuando perciben una amenaza particular.
Dos nuevos estudios revelan que estos grandes carnívoros abandonan alimento, cambian sus recorridos y evitan ciertos lugares para mantenerse lejos de ella.
Ese depredador no necesita garras ni colmillos para intimidarlos. Basta con que escuchen su voz o reconozcan sus movimientos: es el ser humano.
Una voz humana hace huir a los osos
Investigadores instalaron cámaras y altavoces cerca de arroyos de Alaska donde osos negros y pardos se alimentaban de salmones durante la temporada reproductiva.
Cuando algún animal se aproximaba, los altavoces reproducían llamadas de gaviotas, sonidos de vehículos todoterreno o conversaciones humanas previamente grabadas por el equipo.
Frente a las gaviotas, utilizadas como control, muchos animales continuaron comiendo. Los motores, en cambio, duplicaron la probabilidad de que escaparan inmediatamente.
La reacción más intensa apareció con las voces humanas: los animales fueron casi diez veces más propensos a huir que después de escuchar gaviotas.
Los resultados incluyeron 599 respuestas observables de osos, águilas calvas y cuervos, registradas mediante cámaras durante 917 noches de monitoreo en campo.
El miedo también afecta todo el bosque
Cuando los osos pescan, suelen arrastrar salmones hacia el bosque, donde abandonan restos que aportan nutrientes marinos al suelo y sostienen diferentes procesos ecológicos.
Al escuchar personas o vehículos, interrumpían su alimentación y se alejaban. Así también disminuía su capacidad para trasladar esos restos hacia la vegetación cercana.
Los investigadores añadieron salmones experimentalmente y comprobaron que la presencia de osos favorecía su retirada, modificando posteriormente la descomposición de materia orgánica en esos lugares.
Aunque no detectaron cambios generales en los nutrientes del suelo durante el experimento, observaron que la influencia ecológica de los osos se debilitaba con las perturbaciones humanas.
Esto muestra que nuestra presencia puede alterar mucho más que un encuentro: también interrumpe relaciones naturales que conectan ríos, animales y bosques completos.
Los pumas anticipan nuestros movimientos diarios
El segundo estudio siguió durante seis años a 36 pumas equipados con dispositivos GPS en las montañas de Santa Cruz, en California, Estados Unidos.
Los científicos compararon sus desplazamientos con información de Strava, una aplicación que registra dónde y cuándo las personas caminan, corren o montan bicicleta.
Los pumas no esperaban encontrarse directamente con alguien. Aprendían qué senderos concentraban mayor actividad y evitaban anticipadamente esos espacios durante las horas más concurridas.
Los individuos expuestos habitualmente a más visitantes mostraron mayor tolerancia, pero esa adaptación no permitió explicar dónde ocurrieron 678 reportes de conflictos registrados.
La intensidad recreativa predijo mejor esos episodios. Osos y pumas ya intentan evitarnos; reducir encuentros innecesarios también depende de cómo ocupamos sus territorios.




