El horario en el que una persona defeca suele considerarse un detalle cotidiano sin mayor importancia. Sin embargo, un estudio publicado en Cell Reports Medicine revela que este hábito puede reflejar aspectos profundos de la salud, incluso en individuos que se consideran completamente “sanos”.
La investigación muestra que el ritmo intestinal está estrechamente ligado a cambios en la microbiota intestinal, en metabolitos presentes en la sangre y en parámetros clínicos vinculados al funcionamiento del hígado, los riñones y el sistema cardiovascular.
Este estudio propone que tanto la constipación como la frecuencia acelerada de evacuaciones no solo describen un hábito, sino que podrían anticipar riesgos biológicos que se desarrollan silenciosamente antes de que aparezcan enfermedades crónicas.
Variaciones del ritmo intestinal y salud general
El trabajo analizó a más de mil personas consideradas generalmente sanas, clasificando su frecuencia de evacuación en categorías que iban desde constipación hasta diarrea. Los investigadores observaron que desviarse del rango considerado “normal” se asociaba con alteraciones medibles en la composición del microbioma intestinal.
Las personas con menos evacuaciones semanales mostraron un aumento de bacterias vinculadas a procesos de fermentación proteica, un cambio metabólico que favorece la producción de toxinas microbianas dañinas para diferentes órganos. Estas bacterias reemplazan a las productoras de ácidos grasos de cadena corta, compuestos que normalmente ayudan al intestino a funcionar de forma eficiente.
Por el contrario, quienes presentaban evacuaciones muy frecuentes mostraron marcadores sanguíneos relacionados con inflamación, menor diversidad microbiana y mayor susceptibilidad a alteraciones digestivas. Ambos extremos, aunque por razones distintas, reflejan un intestino bajo estrés.
Toxinas microbianas y riesgo para órganos clave
Uno de los hallazgos más consistentes fue el aumento en sangre de moléculas producidas por la microbiota, como el p-cresol sulfato, el fenilacetilglutamina y el indoxil sulfato, especialmente en personas con baja frecuencia intestinal. Estas sustancias han sido previamente vinculadas a daño renal, inflamación sistémica y deterioro cognitivo.
El indoxil sulfato, en particular, destacó por su fuerte asociación con un descenso en la función renal. Incluso en individuos considerados sanos, niveles elevados de este metabolito se vincularon con un filtrado glomerular más bajo, un indicador temprano del desempeño de los riñones.
El análisis estadístico sugirió además que parte del impacto de un tránsito intestinal lento sobre la función renal podría estar mediado justamente por esta molécula. Esto significa que evacuar con poca frecuencia podría contribuir a la acumulación de toxinas que, con el tiempo, generan estrés en los riñones.
Hábitos de vida y patrones alimentarios asociados
Además de los parámetros biológicos, el estudio evaluó cuestionarios sobre dieta, estado emocional, estilo de vida y digestión. Quienes tenían una frecuencia intestinal baja tendían a consumir menos frutas y verduras, alimentos que aportan fibra capaz de mejorar el movimiento intestinal. También reportaron mayor consumo de snacks ultraprocesados.
Las personas con ritmos intestinales más equilibrados mostraron mayor ingesta de alimentos frescos, mejor hidratación y una sensación más cómoda durante la evacuación. Estos factores, aunque parecen simples, se correlacionaron con un perfil metabólico más saludable y con menor carga de toxinas en la sangre.
Curiosamente, el estudio detectó relaciones sutiles entre síntomas emocionales y variaciones del tránsito intestinal. Algunas personas con antecedentes de ansiedad o depresión reportaron tanto constipación como evacuaciones aceleradas, lo que coincide con la conocida conexión entre cerebro e intestino.
Un posible indicador temprano de enfermedad
Aunque los participantes eran considerados saludables, los patrones encontrados sugieren que el horario y la frecuencia para defecar no son detalles menores. Son señales biológicas que podrían anticipar riesgos antes de que una enfermedad renal, hepática o gastrointestinal dé síntomas claros.
El estudio también destaca que estos cambios pueden pasar desapercibidos durante años. La acumulación progresiva de toxinas microbianas podría contribuir a procesos inflamatorios que, si no se detectan, evolucionan hacia patologías crónicas en etapas adultas y en el envejecimiento.
Estos hallazgos refuerzan la utilidad de monitorear los hábitos intestinales como parte del autocuidado y de la prevención en salud, incluso cuando la persona no presenta síntomas evidentes.
Conclusión
El estudio demuestra que el horario y la frecuencia con la que defecamos pueden ofrecer información valiosa sobre nuestro estado de salud general. Incluso en personas sin diagnósticos clínicos, desviaciones del patrón normal se asocian con alteraciones en la microbiota, en los metabolitos sanguíneos y en marcadores tempranos de función renal.
Aunque se necesitan más investigaciones para determinar cómo intervenir de forma óptima, los autores sugieren que hábitos simples como aumentar el consumo de fibra, mantenerse hidratado y observar los cambios en el ritmo intestinal podrían reducir riesgos a largo plazo.
