Caminar es algo tan natural que pocas veces pensamos en lo que dice sobre nuestra salud. Sin embargo, la manera en que lo hacemos puede ser una señal temprana de cómo está envejeciendo nuestro cuerpo y nuestro cerebro.
A los 45 años, la velocidad al caminar puede convertirse en un indicador silencioso de cambios profundos en nuestra biología.
Un estudio de cohorte publicado en JAMA Network Open reveló quienes caminaban más lento a los 45 años no solo tenían un cuerpo más envejecido, sino también un cerebro con signos de deterioro.
Según el estudio, la forma de caminar también, puede advertir signos de envejecimiento acelerado y deterioro cerebral mucho antes de los síntomas visibles. Estos hallazgos han generado gran interés en la ciencia.
Estos hallazgos sugieren que la marcha no es únicamente un indicador físico, sino un espejo de la salud cerebral y del envejecimiento biológico. Comprender esta conexión abre la posibilidad de intervenciones tempranas que mejoren la calidad de vida antes de la vejez.
Forma de caminar y envejecimiento cerebral
La investigación, realizada en Nueva Zelanda, observó a más de 900 adultos de mediana edad durante varias décadas.
Las personas con una marcha más lenta a los 45 años mostraban cerebros más pequeños y con mayor desgaste.
Esto incluía menor volumen cerebral, adelgazamiento cortical y mayor presencia de lesiones en la sustancia blanca. Todos estos cambios están asociados al deterioro cerebral.
Los investigadores encontraron que una marcha lenta también se relacionaba con un envejecimiento más rápido de órganos y sistemas corporales.
En promedio, quienes caminaban más despacio presentaban una edad biológica hasta cinco años mayor que aquellos con una marcha rápida. Es decir, su cuerpo envejecía más deprisa que su edad cronológica.
Además, los participantes de paso más lento tenían rostros percibidos como más envejecidos. Esto muestra que la forma de caminar puede ser una señal externa que refleja procesos internos de envejecimiento cerebral y corporal.
Deterioro cerebral y funciones cognitivas
La relación entre caminar despacio y deterioro cerebral no se limita a lo físico. De acuerdo con el mismo estudio, quienes tenían menor velocidad de marcha también mostraban puntuaciones más bajas en pruebas de inteligencia y memoria. Se observó un declive cognitivo desde la infancia hasta la adultez.
Los participantes con menor rapidez al caminar tenían en promedio 16 puntos de diferencia en el coeficiente intelectual respecto a los más veloces.
Esto revela que la marcha puede ser un indicador temprano de vulnerabilidad cognitiva. No solo refleja la fuerza muscular, sino también la eficiencia del cerebro.
Las pruebas aplicadas incluyeron memoria verbal, razonamiento perceptual y velocidad de procesamiento. En todas ellas, los más lentos al caminar presentaron desempeños significativamente inferiores.
Orígenes infantiles de la relación
Un hallazgo especialmente relevante del estudio es que esta relación no aparece solo en la adultez. Los científicos encontraron que ya desde los tres años algunos niños con menor salud cerebral tendían a caminar más despacio en la mediana edad. Esto sugiere raíces muy tempranas del fenómeno.
Los datos muestran que factores neurológicos y cognitivos presentes en la infancia pueden influir en la marcha décadas después. Es decir, cómo caminamos a los 45 años podría ser la consecuencia de procesos iniciados en la niñez. Esto cambia la manera en que entendemos el envejecimiento.
La investigación propone que el caminar lento en la mediana edad podría reflejar alteraciones cerebrales acumuladas a lo largo de la vida. Así, el simple acto de caminar se convierte en un indicador de salud integral, con raíces que se remontan a la infancia.
Un índice accesible de salud
Uno de los aspectos más prometedores de estos hallazgos es que la medición de la marcha es simple, segura y de bajo costo. Una prueba de seis metros caminando ya sea a paso normal, lo más rápido posible o mientras realiza una tarea simple como hablar puede revelar información clave sobre el estado del cerebro y del proceso de envejecimiento.
Según los investigadores, esta medición podría utilizarse en ensayos clínicos de prevención del envejecimiento. Detectar riesgos antes de que aparezcan enfermedades como la demencia permitiría aplicar estrategias más efectivas y en edades más jóvenes.
Además, la caminata rápida podría convertirse en una meta de salud accesible para la población. Mejorar la velocidad al caminar mediante ejercicio, buena nutrición y hábitos saludables podría tener beneficios más amplios de lo que imaginamos.
Según la ciencia, correr al menos 75 minutos por semana aumenta tu esperanza de vida.
Conclusión
La forma de caminar a los 45 años es mucho más que un detalle cotidiano: puede revelar señales tempranas de envejecimiento acelerado y deterioro cerebral. Como mostró el estudio publicado en JAMA Network Open, una marcha más lenta está vinculada con cerebros más pequeños, menor capacidad cognitiva y un cuerpo que envejece más rápido.
Estos resultados invitan a repensar la marcha como un índice de salud integral, fácil de medir y útil para detectar riesgos en la mediana edad. Caminar más rápido no solo es cuestión de movilidad: puede ser una ventana al estado de nuestro cerebro y nuestra longevidad.
Rasmussen, L. J. H., Caspi, A., Ambler, A., et al. (2019). Association of neurocognitive and physical function with gait speed in midlife. JAMA Network Open. DOI: 10.1001/jamanetworkopen.2019.13123
