Imaginar a un Tyrannosaurus rex con lesiones graves durante sus batallas nos transporta a un escenario fascinante: ¿cómo respondía su cuerpo a una fractura? Durante millones de años, estas respuestas quedaron ocultas en los fósiles, hasta que la ciencia moderna empezó a revelar secretos extraordinarios en sus huesos.
En un estudio reciente publicado en Scientific Reports, un equipo internacional analizó una costilla fracturada de un T. rex y descubrió algo sorprendente: vasos sanguíneos preservados en pleno proceso de cicatrización.
Este hallazgo constituye una evidencia única que combina paleontología, biología y química de alta precisión.
El descubrimiento no solo aporta detalles sobre la capacidad de regeneración de los dinosaurios, sino que también demuestra cómo la tecnología actual, mediante tomografía de sincrotrón y análisis químicos avanzados, puede devolvernos episodios íntimos de la vida de criaturas que desaparecieron hace más de 67 millones de años.
Vasos sanguíneos en huesos de T. rex
Los investigadores analizaron un espécimen conocido como RSKM P2523.8, el T. rex más grande y completo encontrado en Canadá.
La muestra estudiada corresponde a una costilla con fractura parcial, que presentaba un callo óseo en proceso de cicatrización. Fue en esa zona donde aparecieron las estructuras vasculares preservadas.
Usando microtomografía de rayos X de sincrotrón, los investigadores observaron canales ramificados que atravesaban el hueso desde la médula hasta la superficie.
Estas estructuras, con diámetros de hasta un milímetro, superan el tamaño habitual de los canales de Havers, lo que sugiere que se trataba de vasos formados específicamente por angiogénesis durante la reparación ósea.
Lo fascinante es que los vasos aparecen únicamente en la zona de fractura y no en otras partes del hueso, lo que respalda la interpretación de que estaban asociados directamente al proceso de cicatrización. Esto convierte al hallazgo en una evidencia única de respuesta vascular ante una lesión en un dinosaurio.
Evidencia única de cicatrización
Los autores del estudio concluyeron que las estructuras encontradas representan vasos sanguíneos cicatrizales, preservados como moldes mineralizados.
Su composición estaba dominada por hierro, principalmente en forma de goetita y hematita, productos de la oxidación de la pirita que recubrió originalmente los vasos.
La presencia de dos capas distintas de mineralización sugiere un proceso diagenético complejo, con fases sucesivas de precipitación y oxidación. Este patrón permitió preservar con gran detalle la morfología de los vasos, incluso mostrando ramificaciones semejantes a redes biológicas modernas.
Este tipo de hallazgos es excepcional porque generalmente los tejidos blandos se degradan poco después de la muerte. Sin embargo, las condiciones químicas del sedimento y la propia naturaleza del hueso en reparación favorecieron que estas estructuras quedaran registradas para siempre en el fósil.
Métodos de análisis avanzados
Para alcanzar estas conclusiones, los científicos combinaron diversas técnicas. La microtomografía de sincrotrón permitió reconstruir los vasos en 3D sin destruir el fósil.
Además, se aplicaron espectroscopía de fluorescencia de rayos X y análisis de absorción en el Canadian Light Source, lo que reveló la composición química de las estructuras.
El uso de microscopía óptica y electrónica de barrido complementó los resultados, confirmando la presencia de capas ricas en hierro y azufre. En conjunto, estas técnicas proporcionaron una caracterización completa de la preservación, desde la morfología hasta la mineralogía.
Este enfoque multidisciplinario representa un modelo para futuras investigaciones, demostrando que los fósiles aún pueden revelar información microscópica sobre procesos biológicos ocurridos hace más de 67 millones de años.
Lo que revela sobre la biología del T. rex
En organismos actuales, la angiogénesis es fundamental para reparar fracturas, ya que asegura el suministro de nutrientes y oxígeno a las células regenerativas.
Encontrar evidencia de este proceso en un T. rex confirma que sus mecanismos de curación eran comparables a los de aves y mamíferos modernos.
Esto refuerza la idea de que los dinosaurios compartían similitudes fisiológicas profundas con sus descendientes evolutivos, las aves. Además, plantea nuevas preguntas sobre su capacidad de recuperación ante lesiones y sobre cómo estas influían en su supervivencia en entornos hostiles.
Conclusión
El descubrimiento de vasos sanguíneos preservados en una costilla fracturada de Tyrannosaurus rex representa un avance extraordinario en la paleontología. Según el artículo publicado en Scientific Reports, se trata de la primera evidencia tridimensional de angiogénesis fosilizada en un dinosaurio.
Más allá de su valor científico, este hallazgo nos recuerda que los fósiles no son simples vestigios estáticos, sino ventanas a procesos biológicos que alguna vez estuvieron vivos. Ahora sabemos que, incluso después de 67 millones de años, un hueso puede contarnos la historia de una herida y de la sorprendente capacidad de un T. rex para sanar.
Mitchell, J. L., Barbi, M., McKellar, R. C., Cliveti, M., & Coulson, I. M. (2025). In situ analysis of vascular structures in fractured Tyrannosaurus rex rib. Scientific Reports, 15, 20327. DOI: 10.1038/s41598-025-06981-z




