Dentro de nuestro cuerpo existe un órgano cuyo tejido puede ser manipulado, estimulado e incluso cortado sin provocar dolor directamente.
Lo sorprendente es que participa en cada punzada, quemadura o golpe que experimentamos, aunque permanece insensible cuando la lesión ocurre en su propio tejido.
Ese órgano es el cerebro, responsable de construir la experiencia dolorosa, pero desprovisto de los receptores necesarios para detectar su propio daño.
El cerebro interpreta un dolor que no siente
El tejido cerebral, conocido como parénquima, carece de nociceptores, las terminaciones nerviosas especializadas en responder ante lesiones, inflamación, presión extrema o temperaturas dañinas.
Estos receptores se encuentran distribuidos en numerosos tejidos y convierten los estímulos potencialmente peligrosos en señales eléctricas que viajan por el sistema nervioso.
Cuando esas señales alcanzan el cerebro, distintas regiones analizan su intensidad, localización y significado, hasta producir la experiencia consciente que reconocemos como dolor.
También intervienen áreas vinculadas con las emociones y la memoria, por eso una misma lesión puede sentirse diferente según la situación y cada persona.
Así aparece una extraordinaria paradoja biológica: el órgano que nos permite experimentar el dolor no puede detectarlo directamente dentro de su propio tejido.
Las estructuras que rodean el cerebro sí duelen
Entonces, cuando sentimos dolor de cabeza, normalmente no está doliendo el cerebro, sino alguna estructura sensible situada dentro o alrededor del cráneo.
Entre ellas se encuentran el cuero cabelludo, músculos, nervios craneales, meninges y determinados vasos sanguíneos, capaces de enviar señales dolorosas hacia el cerebro.
Un estudio publicado en Brain examinó estas estructuras durante craneotomías realizadas con pacientes despiertos para retirar tumores cercanos a áreas cerebrales esenciales.
Los investigadores registraron 93 episodios dolorosos en 53 pacientes cuando los cirujanos tocaron, estiraron, presionaron o aspiraron cuidadosamente diferentes estructuras intracraneales.
La estimulación de la duramadre, la piamadre y pequeños vasos cerebrales produjo dolores intensos, breves y localizados principalmente en la frente y la región temporal.
Así pueden operar un cerebro despierto
La insensibilidad del tejido cerebral permite realizar determinadas neurocirugías mientras el paciente permanece consciente, sin que la manipulación directa del cerebro cause dolor.
Antes de abrir el cráneo, los médicos anestesian cuidadosamente el cuero cabelludo, los músculos y las membranas sensibles que necesariamente deben atravesar durante la intervención.
Una vez expuesto el cerebro, el paciente puede hablar, mover alguna extremidad, reconocer imágenes o responder preguntas mientras los cirujanos estimulan áreas específicas.
Estas respuestas permiten localizar funciones relacionadas con el lenguaje, el movimiento y la cognición, ayudando a retirar el tumor sin dañar regiones indispensables.
El cerebro puede construir cada experiencia dolorosa de nuestra vida, pero su propio tejido permanece ajeno a esa sensación que él mismo produce.




