El sueño es un proceso biológico de gran complejidad que implica cambios profundos en la actividad cerebral, la fisiología y la psicología del ser humano. Tradicionalmente, la comunidad científica ha debatido si la función del sueño y, en particular, de los sueños, está limitada a la consolidación de la memoria o si podría incluir, además, otros beneficios para la supervivencia de la especie.
En los últimos años, estudios recientes han comenzado a ofrecer evidencia de que ciertos sueños, sobre todo aquellos con carga emocional intensa, desempeñarían una función sustancial en la regulación de nuestras respuestas afectivas y en la promoción de comportamientos adaptativos.
De acuerdo al estudio publicado en la revista Human Brain Mapping, la aparición de sueños que involucran emociones negativas, específicamente el miedo, podría influir de forma directa en la manera en que gestionamos nuestro estado emocional durante la vigilia. Este hallazgo sugiere que soñar con experiencias atemorizantes, en un contexto seguro y sin riesgos reales, ayudaría a reforzar los mecanismos de afrontamiento frente a estímulos amenazantes y a equilibrar los niveles de estrés.
Fundamentos previos
La idea de que el sueño cumple funciones más allá del mero descanso no es nueva. Desde la década de 1950, cuando se descubrió la fase de sueño con movimientos oculares rápidos (REM, por sus siglas en inglés), numerosos investigadores han propuesto que allí podría ocurrir un proceso de reactivación de la memoria, de reorganización de aprendizajes y de procesamiento emocional.
Sin embargo, no fue hasta fechas relativamente recientes que la ciencia comenzó a ahondar en cómo las vivencias oníricas, en particular las que involucran emociones intensas, podrían servir como un ejercicio de ‘simulación de amenazas’ o, dicho de otro modo, un ensayo de situaciones peligrosas. Esta tesis plantea que el soñar con contextos amenazantes tendría un valor adaptativo, ya que el cerebro, protegido en un entorno sin peligro real, ensaya formas de reacción que después se aplican durante la vigilia.

Mecanismos cerebrales subyacentes
A nivel neural, diversas regiones se han asociado con el procesamiento del miedo, como la amígdala, la corteza insular y el cíngulo medio. El aumento de actividad en estas zonas, tanto en vigilia como durante el sueño, se ha observado cuando el individuo se expone a estímulos amenazantes o experimenta sueños con alto contenido emocional.
Cuando dormimos, especialmente en la fase REM, hay una activación de múltiples redes neuronales vinculadas con la memoria y la emoción. Los estudios de electroencefalografía de alta densidad (hdEEG) y de resonancia magnética funcional (fMRI) han permitido explorar en tiempo real la actividad cerebral y vincularla con los reportes de sueños obtenidos mediante despertares programados.
Gracias a estas técnicas, los científicos pueden identificar cuál es la dinámica neuronal cuando aparecen sueños de tipo amenazante, así como valorar qué tan profundamente están involucradas las regiones cerebrales afectivas.
Un estudio revelador
Según la investigación publicada en Human Brain Mapping, las personas que reportaban sueños con contenido de miedo mostraban, durante estos episodios, una activación significativa de la ínsula y del cíngulo medio. Lo más sorprendente fue que, al evaluar a los participantes mientras se les presentaban estímulos amenazantes durante la vigilia, aquellos individuos que tenían con mayor frecuencia sueños temerosos exhibían un menor nivel de respuesta fisiológica y neural ante el miedo real.
En otras palabras, existía una correlación inversa entre la incidencia de sueños con miedo y la intensidad de la reacción ante amenazas durante el día. Así, el cerebro parece “ensayar” respuestas al miedo durante el sueño, de modo que la persona, al despertar, logra enfrentarse mejor a situaciones estresantes. Según la investigación, este proceso podría asociarse con una especie de “desensibilización” gradual del cerebro, en la que la exposición reiterada a emociones negativas sin consecuencias reales reduce la sobreactivación del sistema límbico en la vida cotidiana.
Otro punto relevante que resaltaron los autores fue que esta simulación de emociones desagradables, al estar inserta en un ambiente seguro —el propio sueño—, ayuda a que el individuo integre experiencias perturbadoras de manera regulada. Como resultado, se favorece una mejor regulación emocional general que, a su vez, beneficia la convivencia social, la toma de decisiones y la adaptación al entorno.
Relevancia evolutiva y clínica
Los hallazgos revisados coinciden con propuestas teóricas que ven el sueño como un factor fundamental para la conservación de la especie humana. Si en el pasado remoto el temor onírico ejercía la función de predecir y ensayar estrategias frente a predadores o situaciones de riesgo, en la actualidad se traduce en la posibilidad de practicar la gestión de conflictos emocionales.
Aunque la experiencia de soñar con eventos amenazantes pueda resultar desagradable, los datos apuntan a que su recurrencia, siempre que no sea patológica, podría relacionarse con una mayor capacidad de tolerar y afrontar la ansiedad diurna. Este fenómeno abre el camino a posibles aplicaciones en el tratamiento de trastornos de ansiedad o estrés postraumático, donde frecuentemente se alteran los patrones de sueño y las vivencias oníricas se vuelven repetitivas y angustiosas.
Dicho esto, resulta importante distinguir los sueños adaptativos —que promueven esa forma de desensibilización— de aquellos casos en los que se desencadena una pesadilla crónica que incrementa el malestar. Las pesadillas reiterativas, más típicas de personas con trastorno de estrés postraumático, no producirían un efecto de habituación al miedo; por el contrario, refuerzan la angustia y desregulan el equilibrio emocional.
Conclusión
Los avances en neurociencia del sueño muestran cada vez con mayor claridad que el acto de soñar no es un mero subproducto de la actividad cerebral, sino un proceso ligado a la supervivencia y la regulación emocional. Según el estudio publicado en la revista Human Brain Mapping, las emociones negativas que emergen durante el sueño, lejos de perjudicar, podrían desempeñar un papel vital en el equilibrio psicológico de la persona.
Al “practicar” reacciones de miedo en un entorno seguro, el cerebro parece desensibilizarse ante ciertos estímulos amenazantes, facilitando un afrontamiento más eficaz al despertar. Este proceso no sólo puede considerarse ventajoso desde una óptica evolutiva, sino que resulta de enorme interés en la práctica clínica, sobre todo en la elaboración de nuevas estrategias de intervención en trastornos de ansiedad, pesadillas recurrentes y estrés postraumático.
- Sterpenich, V., Perogamvros, L., Tononi, G., & Schwartz, S. (2019). Fear in dreams and in wakefulness: Evidence for day/night affective homeostasis. Human Brain Mapping. DOI: 10.1002/hbm.24843

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