¿Por qué cuando empiezas a tomar alcohol te dan ganas de seguir tomando más? Esta experiencia, tan común como desconcertante, no es solo una cuestión de voluntad. La ciencia ha comenzado a explicar qué ocurre en el cuerpo desde el primer trago.
Durante años se pensó que el deseo de seguir bebiendo se debía únicamente al efecto del alcohol en el cerebro. Sin embargo, investigaciones recientes muestran que el metabolismo, especialmente el del hígado y el intestino, tiene un papel mucho más activo de lo que se creía.
Según un estudio publicado en Nature Metabolism, el alcohol activa rutas metabólicas que generan señales internas capaces de reforzar el consumo. Comprender este proceso ayuda a explicar por qué el primer trago suele abrir la puerta a muchos más.
El alcohol activa rutas metabólicas inesperadas
Cuando el alcohol entra al organismo, no solo actúa sobre las neuronas. En el hígado y el intestino provoca cambios químicos que alteran la forma en que el cuerpo maneja la energía y ciertos azúcares.
El estudio muestra que el alcohol aumenta la osmolaridad de la sangre portal, lo que activa una vía conocida como ruta del poliol. Esta vía transforma glucosa en fructosa producida dentro del propio cuerpo.
Esta fructosa endógena no proviene de la dieta, sino que se genera como respuesta al alcohol. Su presencia activa enzimas específicas que desencadenan procesos asociados al deseo de seguir consumiendo alcohol.
La fructosa endógena refuerza el deseo
La fructosa generada por el alcohol es metabolizada por una enzima llamada cetohexoquinasa (KHK). Este paso resulta clave para entender por qué el consumo se vuelve más persistente.
En modelos animales, al bloquear esta enzima, los investigadores observaron una reducción clara en la preferencia por el alcohol. Los animales bebían menos y mostraban menor búsqueda activa de alcohol.
Esto indica que el metabolismo de la fructosa actúa como un refuerzo interno. De forma sencilla, el cuerpo interpreta este proceso como una señal que impulsa a repetir la conducta de beber.
El cerebro responde a señales metabólicas
El metabolismo de la fructosa no solo afecta al hígado. También influye en regiones cerebrales relacionadas con la recompensa, como el núcleo accumbens.
Según el estudio, el alcohol incrementa la expresión de proteínas asociadas al refuerzo y la motivación. Estas señales disminuyen cuando se interrumpe el metabolismo de la fructosa.
Esto demuestra que el deseo de seguir bebiendo no surge solo del efecto directo del alcohol en el cerebro, sino de una comunicación constante entre metabolismo y sistema nervioso.
El intestino también participa en el impulso
El intestino cumple un papel adicional en este proceso. Allí, el metabolismo de la fructosa reduce la liberación de GLP-1, una hormona que normalmente ayuda a frenar el consumo de alcohol.
Cuando esta hormona disminuye, se pierde una señal natural de saciedad o control. El resultado es una mayor predisposición a seguir bebiendo sin percibir límites claros.
Al inhibir la enzima KHK en el intestino, los niveles de GLP-1 se recuperan y el consumo de alcohol se reduce, reforzando la importancia del eje intestino-cerebro.
Conclusión
La razón por la que al empezar a tomar alcohol surgen ganas de seguir bebiendo va más allá del autocontrol. Según el estudio, el alcohol activa la producción y metabolismo de fructosa endógena, generando señales metabólicas que refuerzan el consumo.
Este hallazgo revela que el deseo de seguir tomando es el resultado de una interacción compleja entre hígado, intestino y cerebro. Comprender estos mecanismos abre nuevas vías para abordar el consumo problemático de alcohol desde una perspectiva biológica.

Científicamente incorrecto. La fructosa es un isómero de la glucosa, monosacárido derivado de los almidones, la cual sufre un proceso de isomerízación para formar fructosa 1 – 6 difosfato en la iniciación de los procesos oxidativos, generadores de ATP en la cadena respiratoria que culminan con el aporte de energía celular, calor y CO2